ALEJANDRA MATIZ: LA HEREDERA DE UNA MIRADA QUE ILUMINÓ AL MUNDO
 08 febrero, 2026
Por: Álvaro Julio Martínez
Hay trayectorias que se sostienen por la fuerza de una obra, y otras que sobreviven gracias a la devoción de quienes la custodian. En el caso del maestro Leo Matiz, uno de los diez fotógrafos más admirados del siglo XX, creador de imágenes que recorrieron el mundo y definieron la estética de una época, ambas fuerzas confluyen en un nombre, Alejandra Matiz, su hija, su guardiana, su tercer ojo.
Desde la Organización de Periodistas Iberoamericanos (OPI), reconocemos en su labor un ejemplo excepcional de custodia cultural y de lealtad histórica.
Cuando el maestro perdió la visión de un ojo, Alejandra tomó una decisión que solo puede explicarse desde el amor y desde la conciencia histórica, dejó su carrera como restauradora de arte y galerista para acompañarlo, asistirlo y preservar, con rigor y sensibilidad, un archivo que hoy forma parte del patrimonio visual de Iberoamérica. Durante más de veinte años, Alejandra se convirtió en la memoria viva de su padre, en la arquitecta silenciosa de un legado que, sin ella, habría corrido el riesgo de fragmentarse o perderse.
La obra de Leo Matiz es monumental, retrató a Diego Rivera, Frida Kahlo, Cantinflas, María Félix, con quien incluso se llegó a rumorar un romance, y a tantas otras figuras que marcaron la cultura del siglo XX. Su amistad con Fernando Botero fue profunda y duradera; no solo compartieron afectos y visiones, sino que Botero, con apenas 19 años, realizó su primera exposición en la galería que Matiz dirigía en la Avenida Jiménez de Quesada, en Bogotá. Esa complicidad artística perduró hasta el final de los días de ambos.
También fue entrañable su relación con Álvaro Mutis, padrino de Alejandra, y con Gabriel García Márquez, su coterráneo de Aracataca. Se llevaban diez años, Matiz nació en 1917, García Márquez en 1927, pero compartían una raíz común, la luz del Caribe colombiano y la certeza de que la realidad, en nuestra tierra, siempre supera a la imaginación. Gabo solía decir que Matiz era un hermano para él.
La obra del maestro no solo inspiró a artistas visuales. La escritora Laura Restrepo, al encontrar una fotografía de una joven mujer humilde tomada por Matiz, quedó tan impactada que inició una investigación que la llevó a conversar largamente con él. De ese diálogo nació La novia oscura (1999), una novela que lleva en su ADN la mirada del fotógrafo.
Todo ese universo, las amistades, los viajes, los retratos, los silencios, las luces, habría quedado disperso sin la labor paciente, rigurosa y amorosa de Alejandra Matiz. Ella restauró negativos, organizó archivos, impulsó exposiciones internacionales, acompañó publicaciones y mantuvo viva la presencia del maestro en la memoria cultural de Colombia y del mundo. Su trabajo no es solo filial, es histórico.
Hoy, cuando el nombre de Leo Matiz vuelve a resonar con fuerza en museos, libros y exposiciones, es imposible no reconocer que esa permanencia se debe, en gran medida, a la mujer que decidió dedicar su vida a honrar la mirada de su padre. Alejandra Matiz no solo preserva un legado, lo expande, lo ilumina y lo entrega a las nuevas generaciones con la misma dignidad con la que el maestro recorrió el mundo. En tiempos donde la memoria suele ser frágil, su labor es un acto de resistencia cultural y un ejemplo de amor que trasciende lo personal para convertirse en patrimonio colectivo.
























