La atracción de los homininos por los cristales, a estudio con chimpancés
 04 marzo, 2026
San Sebastián (España), 4 mar (EFE).- Se han encontrado cristales en repetidas ocasiones en yacimientos arqueológicos junto a restos humanos. Las pruebas apuntan a que los homininos han recopilado estos elementos desde hace por lo menos 780.000 años. Con todo, se sabe que no los utilizaron como armas o herramientas. Entonces, ¿por qué se empeñaban en recolectarlos?
Un equipo de investigación dirigido por expertos del Donostia International Physics Center (DIPC) de San Sebastián (norte de España) se ha propuesto desvelar esta incógnita mediante un estudio realizado con dos grupos de chimpancés, la especie actual más próxima genéticamente a los humanos modernos y a nuestros antepasados homininos.
Las conclusiones de este estudio, publicadas en la revista ‘Frontiers in Psychology’, consideran que el amor de los chimpancés por los cristales «podría ayudarnos a comprender la fascinación de nuestros antepasados por estas piedras», según explica el DIPC en una nota.
Propiedades físicas
Con este objetivo, los investigadores diseñaron dos experimentos para estos simios y llegaron a identificar así las propiedades físicas de los cristales que pudieron haber atraído a los primeros homininos.
Contaron para ello con la colaboración de la Fundación Chimpatía dedicada al rescate, rehabilitación y cuidado de primates en España.
Los humanos modernos se separaron de los chimpancés hace unos seis o siete millones de años, por lo que compartimos importantes similitudes genéticas y de comportamiento.
Para averiguar si la fascinación por los cristales es una de ellas, se proporcionaron cristales a dos grupos de chimpancés
En el primer experimento, se colocó un cristal grande sobre una plataforma, junto con una roca común de tamaño similar en presencia de los chimpancés. Aunque al principio ambos objetos llamaron la atención de estos primates, pronto se decantaron por el cristal y dejaron de lado la roca.
Tras retirarlo de la plataforma, todos los chimpancés inspeccionaron el cristal, girándolo e inclinándolo para poder observarlo desde ángulos específicos. A continuación, uno de ellos cogió el cristal y lo llevó con determinación a los dormitorios.
Los investigadores observaron que el interés era mayor inmediatamente después de la exposición y que disminuía muy gradualmente con el paso del tiempo, un patrón que también es propio de los seres humanos a medida que desaparece la novedad de un objeto.
Cuando los cuidadores de los chimpancés intentaron recuperar el cristal, tuvieron que cambiarlo por sus aperitivos favoritos: plátanos y yogur.
El segundo experimento puso de manifiesto que los chimpancés podían identificar y seleccionar en cuestión de segundos cristales de cuarzo más pequeños, de tamaño similar a los que podrían haber recogido los homininos, de entre una pila de 20 chinitas redondeadas.
Tras añadir cristales de pirita y calcita, que tienen formas diferentes a los cristales de cuarzo, los chimpancés continuaban siendo capaces de seleccionar las piedras de tipo cristalino y permanecieron durante horas examinándolas concienzudamente.
Además, uno de los ejemplares sorprendió a los investigadores por su capacidad de distinguir los distintos tipos cristales pese a sus diferencias.
Con estos experimentos «demostramos que los chimpancés endoculturados (no salvajes) pueden distinguir los cristales de otras piedras», sostiene Juan Manuel García-Ruiz, profesor investigador en el DIPC y autor principal del estudio.
«Fue una grata sorpresa descubrir lo fuerte y aparentemente natural que era la atracción de los chimpancés por los cristales, lo que sugiere que la sensibilidad hacia este tipo de objetos puede tener profundas raíces evolutivas», recalca.
La investigación no analizó si algunos chimpancés estaban más interesados en los cristales que otros o si algunos pretendían apoderarse de ellos más que otros. Por ello, el equipo sugiere que los futuros estudios deberían tener en cuenta la personalidad de cada uno de estos primates y llevarse a cabo con ejemplares salvajes, no acostumbrados al contacto humano.
Propiedades atractivas
Las observaciones combinadas de los experimentos concluyeron que tanto la transparencia como la forma constituyen propiedades atractivas en sí mismas y que «puede que fueran estas mismas cualidades las que despertaban el interés de los primeros humanos por estas rocas».
El DIPC recuerda en este sentido que las nubes, los árboles, las montañas, los animales y los ríos del mundo natural que rodeaban a nuestros antepasados se definían por su curvatura y ramificación, por lo que pocos elementos presentaban líneas rectas y superficies planas.
«Los cristales son los únicos poliedros naturales. Es decir, los únicos sólidos naturales que cuentan con varias superficies planas. Cuando los primeros seres humanos intentaban comprender su entorno, sus procesos cognitivos podrían haberse visto atraídos por patrones (como estos) que eran diferentes a lo que conocían», concluye el estudio.

























