FRANCIA NO MERECE LAS CENIZAS

 25 octubre, 2026

Por Álvaro Julio Martínez

Hay países que se visitan y hay países que se quedan para siempre en el corazón.

Francia pertenece a esa segunda categoría.

Desde la primera vez que tuve el privilegio de recorrer sus calles, contemplar sus monumentos y descubrir la profundidad de su historia, comprendí que estaba ante una de las grandes referencias culturales de la humanidad.

 Francia no es solamente una nación, es una idea construida durante siglos por filósofos, escritores, científicos, artistas y estadistas que contribuyeron decisivamente al desarrollo de la civilización occidental.

Quizás por ello, cada vez que observo imágenes de violencia en París, de monumentos atacados, de comercios saqueados o de espacios públicos convertidos en escenarios de destrucción, experimento una profunda tristeza.

No hablo desde una posición ideológica, tampoco desde la pasión partidista, hablo desde el afecto sincero que siento por un país que he aprendido a admirar y respetar.

Ese vínculo me llevó, como presidente de la Organización de Periodistas Iberoamericanos (OPI), a desarrollar diversas actividades institucionales en Francia, durante los últimos años, incluyendo actos celebrados en la sede de la UNESCO y la ceremonia del vigésimo octavo aniversario de nuestra organización, realizada en el histórico Anfiteatro de la Universidad de la Sorbona, en París.

Por ello me resulta imposible contemplar con indiferencia los desafíos que hoy enfrenta la nación francesa.

Recuerdo cuando Emmanuel Macron, entonces ministro de Economía del presidente François Hollande, decidió abandonar el gobierno para emprender su propio camino político, la noticia despertó interés dentro y fuera de Francia, no era un desconocido, su gestión económica había contribuido significativamente a la modernización de importantes sectores de la economía francesa y su trayectoria profesional despertaba expectativas sobre su futuro político.

Más de una vez aquel tema ocupó largas conversaciones en París, acompañadas por una botella de Chablis, junto a mi amigo y colega Eduardo García Aguilar, periodista de la Agencia France-Presse (AFP), profundo conocedor de la realidad francesa y de las transformaciones que experimentaba Europa.

Cuando Macron alcanzó la Presidencia de la República y posteriormente obtuvo la reelección, muchos interpretaron aquellos resultados como una señal de estabilidad para Francia y para el proyecto europeo, sin embargo, gobernar Francia nunca ha sido una tarea sencilla, la historia de esa gran nación demuestra que cada generación ha debido enfrentar desafíos extraordinarios. 

Incluso Napoleón Bonaparte, una de las figuras más influyentes de la historia francesa, encontró enormes obstáculos mientras intentaba construir un legado duradero para su país, mientras impulsaba reformas administrativas, jurídicas y educativas que aún hoy forman parte de la estructura del Estado francés, enfrentaba conspiraciones, conflictos internos, guerras permanentes y profundas divisiones políticas.

La historia demuestra que Francia no llegó a ser Francia por la ausencia de dificultades, sino por la capacidad de sus generaciones para enfrentarlas.

Dos siglos después, los desafíos son diferentes, pero la esencia del problema continúa siendo la misma, preservar la cohesión nacional en medio de un mundo cada vez más complejo.

La inmigración, la integración cultural, la seguridad ciudadana, la preservación de la identidad nacional y la defensa de los valores democráticos constituyen hoy parte de un debate legítimo dentro de Francia y del resto de Europa.

Son temas que merecen ser discutidos con seriedad y responsabilidad, ignorarlos sería un error, pero también lo sería convertirlos en instrumentos de odio o división, toda sociedad democrática tiene el derecho y el deber de exigir el cumplimiento de la ley, del mismo modo, toda nación tiene la obligación de proteger a quienes llegan a ella con voluntad de trabajar, producir, respetar sus instituciones y contribuir al bienestar común.

La inmensa mayoría de los inmigrantes busca precisamente eso, una oportunidad para construir una vida mejor, pero ninguna causa social, política o ideológica puede justificar la violencia.

Cuando se incendian vehículos, se destruyen establecimientos comerciales, se saquean propiedades o se ataca el patrimonio histórico, deja de existir cualquier justificación posible, la violencia no es protesta, la violencia es destrucción, y resulta particularmente doloroso cuando esa destrucción afecta lugares que forman parte del patrimonio cultural de la humanidad.

Los grandes monumentos de Francia, sus iglesias, museos, bibliotecas, universidades y espacios históricos no pertenecen únicamente a los franceses, constituyen un legado universal que trasciende fronteras, idiomas, religiones e ideologías, por ello, duele observar cómo algunos de esos símbolos son utilizados como escenario de enfrentamientos que nada aportan a la solución de los problemas reales.

La firmeza del Estado no está reñida con la democracia, por el contrario, las libertades públicas solamente pueden florecer allí, donde existe una autoridad legítima capaz de garantizar el orden, proteger a los ciudadanos y hacer cumplir las leyes.

La tolerancia nunca debe confundirse con la permisividad frente a la violencia, y la compasión jamás debe significar renunciar a los principios fundamentales que sostienen una nación.

Francia ha sobrevivido a revoluciones, guerras, invasiones, crisis económicas y profundas divisiones políticas, ha caído y se ha levantado en numerosas ocasiones a lo largo de su historia, por eso sigo creyendo en su capacidad para superar los desafíos actuales, porque Francia sigue siendo la tierra de Voltaire, Víctor Hugo, Pasteur, De Gaulle y la Sorbona.

Porque Francia sigue siendo una referencia moral, cultural e intelectual para millones de personas en todo el mundo, y porque una nación que ha aportado tanto a la humanidad merece encontrar el camino que le permita reconciliar la seguridad con la libertad, la firmeza con la justicia y la identidad nacional con la convivencia democrática.

Francia merece soluciones, Francia merece liderazgo, y sobre todo, Francia no merece convertirse en cenizas.

París, la Ciudad Luz, debe continuar iluminando al mundo, sin reflejar las llamas de la destrucción.