Araceli López, los 107 años de una de la últimas voces del exilio republicano español

 15 febrero, 2026

Meritxell Freixas

Temuco (Chile), 15 feb (EFE).- A punto de cumplir 108 años, Araceli López González es una de las últimas voces del exilio republicano español en el mundo y en Chile, donde migró tras sobrevivir a una condena a pena de muerte y desde donde hoy recuerda una historia familiar de silencio y marcada por la represión franquista.

Fue detenida junto a su padre Tomás en octubre de 1937, con apenas 18 años, por militares franquistas: «Me acuerdo como si fuera hoy. Estábamos en la casa y mi padre cortaba las hojas del parrón. Llegaron, nos mandaron bajar del tejado y gritaron: ¡Vengan con nosotros!», recuerda con una lucidez que asombra.

Desde una residencia para personas mayores de Temuco, al sur de Chile, aún puede leer la sentencia que dictó en su contra un Consejo de Guerra el 18 diciembre 1937: «Condenado a la pena de muerte por adhesión a la rebelión militar».

Araceli nació el 26 de marzo de 1918 en Vegacervera, un pueblo de León «de sierras blancas con pastizales alrededor», dice, arrimado a los confines con Asturias, donde el enfrentamiento entre sublevados y republicanos fue especialmente duro.

«Nunca me dijeron nada de nada», dice sobre las razones de su arresto la penúltima hija de una familia de quince hermanos, de padre minero y sastre y madre ama de casa.

 «Lo que hicieron fue muy malo»

 Cuando empezó la Guerra Civil Española (1936-1939), que ganaron los franquistas y que dejó entre 500.000 y 735.000 muertos y 140.000 desaparecidos, cuatro de los hermanos de Araceli ya habían emigrado a Chile. Otros tres murieron en el campo de batalla, cuenta rodeada de fotos antiguas y documentos.

Ella no se siente –dice– «ni de derecha ni de izquierda», pero se considera –eso sí– «republicana», y no olvida –y repite a menudo– que «lo que hicieron fue muy malo».

«Andaban los cadáveres por las calles», recuerda. «Todo lo llevaron, lo arrasaron: cualquier cosa que había de plata; no nos dejaron nada».

En un magullado cuaderno que hoy atesora, su padre anotó los acontecimientos relevantes de la familia: «Año 1936. El día 2 de septiembre me han llevado a mí las tres vacas los falangistas. El día 26 me han llevado 32 cabezas de ganado menudo. Me han dejado sin nada».

De su detención, Araceli recuerda que llegó en tren, junto con otras mujeres, a San Marcos, antigua cárcel y campo de concentración franquista, reconvertido hoy en uno de los sitios más exclusivos de León.

A cambio de su condena a muerte, su progenitor quedó en libertad, pero no lo vio más. Cuatro meses después fue trasladada a la cárcel de mujeres de Saturrarán (Guipúzcoa), donde pasó casi seis años: «Sembrábamos papas, cosíamos y hacíamos mezclilla para los ‘milicos’. Con el tiempo, una se acostumbró a vivir así».

Salió en libertad a los 24 años, tras varias conmutaciones de pena y un indulto.

 «No se hablaba nada de eso»

 Araceli emprendió el mismo rumbo que sus hermanos tras casarse con un maquinista de trenes, tener dos hijos y sepultar a su madre, la única que le quedaba en el pueblo.

«El 15 de junio de 1953 salimos de Vegacervera, de casa de nuestros padres a las 8 de la mañana y a las 6 de la tarde salimos de León para Vigo (…) El 6 de julio llegamos a Buenos Aires», escribió en el cuaderno que comenzó su padre.

Llegaron a Santiago después de cruzar la cordillera de Los Andes y se establecieron al sur, en la región de Temuco. Tenía, entonces, 35 años y sus hijos 7 y 5. Comenzar no fue fácil, admite: «Todo lo encontraba raro, del revés».

Cuando llevaban casi 20 años en el país, les tocó revivir la congoja de un nuevo golpe de Estado, el que perpetró el dictador Augusto Pinochet contra el gobierno socialista de Salvador Allende (1970-1973). «Cada uno se metió en su casa y arréglate como puedas», cuenta sobre los 17 años de dictadura chilena.

Durante tres décadas, nadie supo de su detención, de su condena a muerte por un tribunal militar, de su paso por las cárceles, ni del expolio de la guerra.

Su hijo Arturo explica a EFE que se enteró de las vivencias de su madre en un viaje a España que hicieron juntos, en 1990: «Pasamos por San Marcos, que entonces era un hotel; bajamos a tomar un café al subterráneo y al sentarse en la mesa me mostró una ventana: ‘Por ahí miraba hacia afuera cuando estaba presa'».

Hoy, con cinco nietos y diez bisnietos, Araceli dice que no le gusta mirar atrás, pero es crítica con los jóvenes que reivindican el franquismo porque, concluye, el fascismo «está en este mundo nada más para hacer la guerra».