El charro, el origen del vaquero americano que se resiste ser olvidado en Texas
 03 mayo, 2026
Alejandra Arredondo
San Antonio, 3 mayo (EFE).- Llegar a Houston (Texas), una ciudad de más de 2 millones de habitantes, repleta de avenidas gigantes, desde Jalisco, fue difícil para Agustín Cervantes a sus doce años.
Venía de vivir en el rancho y de criarse entre la charrería, una práctica ecuestre y deporte nacional de México. Después de varios años, y tras encontrarse con un anuncio en las noticias, encontró una familia en la Asociación de Charros de San Antonio, entre personas que hablaban su mismo idioma y traían su misma tierra entre las botas. «Ser charro se trae en la sangre», dice hoy, décadas después. «No es tan fácil de olvidar.»
Lo que Cervantes encontró en ese lienzo charro no es solo una tradición traída desde México. Es, según historiadores, una de las raíces más profundas y menos reconocidas de la propia identidad estadounidense.
Mucho antes de que el ‘cowboy’ se convirtiera en símbolo nacional de Estados Unidos, existió el charro: el jinete de hacienda cuyas técnicas, vestimenta y cultura cruzaron la frontera para dar forma a uno de los iconos más reconocibles del país.
Cuando nació el ‘cowboy’, el charro ya estaba ahí
La charrería es el deporte nacional de México y tiene sus orígenes en los haciendas coloniales en Hidalgo y Jalisco a finales del siglo XVI. Esta tradición llegó a EE.UU. a través de la migración y la anexión de territorios anteriormente mexicanos.
La figura del vaquero se popularizó en el imaginario estadounidense a finales del siglo XIX, en los espectáculos itinerantes de Buffalo Wild West Shows que, años más tarde, inspirarían al género de Western en el cine.
En este recorrido, los charros siempre estuvieron presentes. Uno de los ejemplos más significativos es de Vicente Oropeza (1858-1923), un famoso charro de Puebla que actuó en los shows del Wild West e introdujo el floreo de reata, el popular giro de lazo (trick roping, en inglés) a la cultura estadounidense.
Como explica Gary Moreno, profesor en el Austin Community College, «el charro mexicano es esencialmente la base del cowboy» y de los rodeos, el deporte ecuestre que se practica en Texas y el Oeste de EE.UU.
«No puedes tener el rodeo norteamericano sin la charrería», explicó el historiador. La influencia, agregó, va desde las prácticas del rodeo -los lazos, las faenas de arreos- hasta la vestimenta -los pantalones y el sombrero-.
Oropeza, el único latino honrado en el Salón de la Fama del Rodeo, trabajó también junto a otros migrantes mexicanos en los shows, que llegaron a EE.UU. en los primeros trenes de una incipiente industria ferroviaria, según detalló Moreno.
Esa circulación de personas, saberes y tradiciones entre México y Estados Unidos es, para el historiador, el núcleo de una historia que sigue siendo incómoda para parte de la sociedad americana.
«La influencia de la cultura mexicana es tan relevante en este país. Es importante para darle orgullo a una comunidad que muchas veces está bajo ataque. Quieren borrar nuestra historia, no quieren admitir que tenemos esta influencia sobre su cultura».
«Nosotros somos Tejas»
Esa historia está viva en San Antonio. Para quienes practican la charrería el deporte es un espacio no solo para crear comunidad, sino también para preservar su identidad y sus raíces.
A Edmundo Ríos, presidente de la Asociación, fundada en 1947 y la más antigua de EE.UU., se le llenan los ojos de lágrimas cuando habla de su familia: «Todos han sido gente de caballo. Lo importante es que no se nos olvide de dónde somos y siempre ser gente humilde. Nosotros somos Tejas».
Para él, nacido en EE.UU. en una familia de Coahuila, es importante pasar la tradición a las nuevas generaciones: «enseñamos mucho a los niños chiquitos porque sin ellos se nos muere esto».
En la asociación, integrada por 41 familias, participan niños, adolescentes y adultos jóvenes. Alejandro García López, de 20 años, es uno de ellos.
Emigró a EE.UU. a los 17 junto con unos de sus tíos. Sus padres y sus hermanos siguen en Hidalgo, donde creció y aprendió a «charrear». Conoció en Texas personas con las que compartir su pasión que se convirtieron en «una segunda familia».
«Salimos a comer, hacemos carnes asadas. Si no los tuviera, me volvería para México», señaló el adolescente, quien en su vida cotidiana trabaja manejando camiones. «Ser charro para mí es un orgullo y también felicidad».
A Agustín Cervantes, en cambio, la asociación le recuerda el país que dejó de pequeño, hace 30 años. La charrería es una manera de «recordar tu México, nunca olvidarte de dónde vienes y de quién eres». EFE
























