Entre macabro y solemne, el mayor osario del mundo se renueva en el subsuelo de París
 13 junio, 2026
Antonio Torres del Cerro
París, 13 jun (EFE).- En la plaza Denfert-Rochereau, en el sur de París, una discreta entrada conduce a unos pasadizos a 20 metros bajo tierra. Allí aguarda un escenario que navega entre lo macabro, lo solemne y lo fascinante: el mayor osario del mundo, donde están expuestos los huesos de al menos 6 millones de parisinos.
Conocidas como las Catacumbas de París, el enigmático monumento que atrae cada año a 600.000 turistas reabrió hace poco tras casi seis meses de obras que sirvieron para dar un aire más sepulcral al sitio con una nueva iluminación, al tiempo que se mejoró la seguridad de los túneles y la acogida a los visitantes, al ofrecer nuevos audioguías en cuatro lenguas, entre ellas el español.
«Algunas instalaciones estaban viejas y obsoletas. La primera razón de estas obras era salvar el lugar y garantizar que se pudiera mantener el equilibrio entre la conservación de estos restos óseos, que son frágiles, y la acogida del público», explicó a EFE la directora de las Catacumbas, Isabelle Knafou.
Cada día son 2.000 turistas, la mayor parte de ellos estadounidenses, los que se adentran en la humedad y la oscuridad de estos túneles parisinos, que, en el origen, eran una cantera de roca caliza en la que los mineros trabajaban para extraer piedra que sirvió para construir emblemáticos monumentos parisinos como Notre Dame o los Inválidos.
Tras el desplome en 1774 de un tramo de calle coincidente con la zona de las actuales Catacumbas que se tragó casas, carruajes y personas, las autoridades decidieron llenar esos túneles mineros, previamente reforzados con pilares de mampostería, con los huesos de los cadáveres que saturaban desde hace siglos los cementerios de la ciudad.
Fue gracias al ingeniero Louis-Étienne François Héricart de Thury (1776-1854) que el osario se convirtió en el monumento visitable que hoy conocemos, al idear los muros de tibias y fémures intercalados con hileras de cráneos, creando composiciones simétricas y decorativas de estilo neoclásico.
«Hay huesos que datan desde el siglo X y van hasta el XIX», detalló Knafou, quien comentó que, hasta la Revolución Francesa (1789-1799), los enterramientos eran en fosas comunes, «no solo los de los indigentes o de las clases más pobres, sino de casi todo el mundo, incluidos los burgueses».
Mezclados de forma anónima en la masa de huesos, se sabe que hay restos de célebres figuras francesas como el químico Antoine Lavoisier (1743-1794), el fabulista Jean de La Fontaine (1621-1695), el político Robespierre (1758-1794) y el dramaturgo Molière (1622-1673). Imposible encontrarlos, reconoce la directora de las Catacumbas.
«Dejadlos descansar con respeto»
Knafou asumió que el entorno delicado de las Catacumbas no permite acoger más visitantes de los actuales 2.000 al día. Las obras que dirigió buscan, de hecho, transmitir «mejor la solemnidad» del monumento y así promover «el buen comportamiento».
«En el pasado robar huesos era un auténtico deporte», lamentó la directora.
¿Cómo se sienten los turistas que visitan las nuevas Catacumbas? A su salida, dos mujeres de Pensilvania (Estados Unidos) reconocen haber vivido diferentes experiencias.
«Tuve un sentimiento de respeto por todo el trabajo que conllevó hacer las paredes, las placas conmemorativas y todo lo demás, todo para poder dejarlos descansar con respeto», contó a EFE Anabelle.
Su compañera Tricia, de unos 20 años, salió del monumento esbozando una sonrisa.
«Fue muy divertido. De verdad lo disfruté. Fue muy interesante ver todos los huesos apilados unos sobre otros, a pesar de que da la impresión de que podrían caerse. Está genial y toda la historia también, igual que los carteles y las piedras grabadas. Estaba muy bien presentado», apreció.
Las varias decenas de lápidas grabadas con citas de poetas, que abarcan desde Virgilio (de la antigua Roma) hasta otros del siglo XIX como el romántico Alphonse De Lamartine, son puntos especialmente emotivos de las Catacumbas.
En el inicio del recorrido, una de Lamartine prepara a los visitantes ante lo que les espera: «Ellos fueron lo que nosotros somos: ¡polvo, juguete del viento! Frágiles como los hombres, débiles como la nada». EFE
























