Martha Liliana Arias: La abogada que hizo del inmigrante un destino y de la ley un acto de humanidad
 13 junio, 2026
Por Alvaro Julio Martínez
opi97@gmail.com
Hay vidas que no se improvisan, se construyen, se sostienen en una disciplina íntima que solo el tiempo revela, la vida de la doctora Martha Liliana Arias pertenece a esa estirpe, la de quienes convierten su historia personal en un servicio a los demás, la de quienes hacen de la ley un puente y no un muro, la de quienes entienden que la justicia es, ante todo, un acto de humanidad.
Su origen está en Pereira, en el eje cafetero colombiano, una tierra donde la montaña se vuelve carácter y el aroma del café se mezcla con la identidad, allí cursó toda su educación primaria y segundaria, en el Colegio Inmaculado Corazón de María, regido por monjas franciscanas suizas. La figura que marcó su vida fue la madre Damacena, suiza, estricta, luminosa en su rigor, quien le enseñó una filosofía que la doctora Arias lleva tatuada en su existencia. Cuerpo. Alma. Mente.
El cuerpo, fortalecido por años de natación competitiva desde los seis o siete años, entrenando a las cinco de la mañana en el Club de Comercio de Pereira, el alma, cultivada en una espiritualidad profunda que ella prefiere llamar doctrina espiritual, porque trasciende religiones y se expresa en la conducta, la ética y la compasión, la mente, formada en la excelencia académica y en la disciplina intelectual.
Ese equilibrio explica la serenidad con la que enfrenta la adversidad y la profundidad con la que entiende el sufrimiento humano, la familia, un linaje de carácter, estudio y valores, en el centro de su historia hay nombres que la sostienen. Ruby Villa, su madre, fallecida hace dos años, mujer fuerte, decidida, quien le inculcó el hábito del estudio y la disciplina intelectual, Javier Arias, su padre, sostén económico y presencia constante, que respaldó con esfuerzo el camino académico de sus hijas. Alba Lucía, su única hermana, economista con maestría en contabilidad forense, residente en Naples, Florida, ejemplo de profesionalismo y rigor.
“Le agradezco a mi madre que en paz descanse, fue una mujer fuerte, una mujer muy decidida, una mujer que me enseñó a estudiar, a mi papá también le agradezco porque fue siempre el sustento económico y de valores morales”
No es casual que su bufete lleve el nombre Arias Villa, es un homenaje silencioso a ese binomio de amor y esfuerzo que la formó. Quiso ser odontóloga, la vida tenía otros planes. Ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad Libre de Pereira “para ocupar seis meses”, mientras llegaba la fecha de ingreso a odontología. Bastaron unas semanas para descubrir que el derecho era su territorio natural.
Se graduó en 1989, en la Universidad Libre, presentó preparatorios, tesis y obtuvo su licencia. Su formación jurídica en Colombia le dio una visión amplia del derecho, una comprensión profunda de la justicia y una sensibilidad hacia las desigualdades que más tarde serían esenciales en su práctica migratoria.
El salto a Estados Unidos: amor, idioma y reinvención
En 1991 emigró a Estados Unidos, impulsada por el amor, su novio, luego esposo, ciudadano estadounidense, y por la convicción de continuar su carrera jurídica en un país nuevo, en otro idioma, en otro sistema legal. Aprendió inglés, obtuvo una Maestría en Derecho Comparado en la Universidad de Miami, enfocada en Derecho Internacional público y privado, luego ingresó a la Universidad de St. Thomas para obtener el Juris Doctor, el título que habilita para ejercer en Estados Unidos.
El examen del Florida Bar fue una prueba de resistencia física y emocional, estudiaba 14 o 15 horas diarias, impulsada por el “cafecito cubano” que terminó por causarle cálculos renales una semana antes del examen, aun debilitada, presentó la primera parte y la aprobó; la segunda debió rendirla después, por razones médicas, y también la aprobó.
Ese episodio resume su carácter, disciplina, temple y una voluntad que no se quiebra. La maternidad; su hijo, Juan Felipe, es el eje afectivo de su vida. Abogado tributarito, con maestría en Northwestern University, trabaja en una de las firmas de impuestos más prestigiosas del mundo (PwC).
La doctora Arias tenía una sólida formación en impuestos internacionales y aspiraba a ejercer en esa área, pero los horarios, de ocho de la mañana a once o doce de la noche, la habrían alejado de su hijo, y por supuesto, no estaba dispuesta a sacrificar la maternidad en nombre de una carrera, tomé una decisión muy difícil, pero me tocó tomarla y lo hice con orgullo por mi hijo porque prefería estar cerca de él.
Renunció a la ruta más lucrativa y eligió el Derecho Migratorio, montó su propia oficina. Trabajó desde su casa cuando nadie hablaba de trabajo remoto, pagó una oficina virtual en Brickell, atendió clientes en la mañana, recogió a su hijo a las 3:30 de la tarde y continuó trabajando desde el hogar. A las seis, todos los días, se sentaba con él a hacer tareas, sembrando el hábito del estudio que hoy se refleja en su brillante carrera.
Su presencia mediática comenzó con un programa que tenía en Radio Caracol, Emisora 1260 AM en Miami, era un programa de media hora semanal, y cuando la estación radiodifusora fue comprada por el Grupo Prisa, el mismo conglomerado español del diario El País, fue invitada por la nueva administración a moderar un programa diario, al frente del mismo, estuve dos años en un segmento nocturno sobre inmigración. Su claridad, solvencia y capacidad de explicar temas complejos con humanidad la llevaron a tener un programa diario de media hora durante dos años.
“Ahora que miro atrás digo yo, guau, qué compromiso tuve.”
Allí se ganó el respeto de figuras emblemáticas del periodismo hispano: Eucario Bermúdez, Enrique Córdoba, Yoli Cuello, entre otros. Su voz se convirtió en referencia para miles de inmigrantes que encontraban en ella orientación, esperanza y una explicación honesta de sus posibilidades legales.
La doctora Arias no ejerce el derecho migratorio, lo encarna. “Este es un área del derecho que creo que era mi misión de vida, una misión de ayudar al inmigrante que ha sido maltratado desde los tiempos de la Biblia.”
La Dra. Martha Liliana Arias, ha acompañado a familias hasta tercera o cuarta generación, ha visto jóvenes de DACA convertirse en profesionales, varios de ellos hoy abogados, ha defendido casos difíciles con competencia y una sensibilidad que no se enseña en ninguna universidad.
Celebra cada aprobación como si fuera propia, sufre cada decisión injusta como una herida personal, y aprovecha incluso los procesos de deportación para hablar con los jóvenes, darles consejos de vida, recordarles que la oportunidad de defender un caso puede no repetirse.
“Siento como que si fueran otros hijos míos que yo he ayudado a salir adelante.”
Su relación con el inmigrante no es técnica, es moral, espiritual y profundamente humana. Una mirada crítica y valiente sobre la política migratoria. Con la autoridad que le da la experiencia, la doctora Arias expresa preocupación por el rumbo actual de las políticas migratorias. Denuncia la desproporción, la falta de humanidad, el uso excesivo de centros de detención y la deportación de personas que llevan 20, 25 o 30 años en Estados Unidos, sin antecedentes criminales, con familias establecidas y vidas construidas.
Cuestiona el gasto millonario en centros como Alligator Alcatraz, frente a la ausencia de inversión en programas sociales. Advierte que la deportación masiva está dejando a empresas y restaurantes sin empleados, afectando la economía y rompiendo tejidos familiares.
Su posición no es ideológica, es jurídica y ética. “Nadie está diciendo que no apliquen la ley de inmigración, pero no se debe aplicar con políticas tan inhumanas como lo que estamos viendo ahora. Yo odio el comunismo, odio el socialismo, la ley de inmigración está en el Congreso, y eso es lo que estoy aplicando como abogado.”
Su voz se sitúa en el centro, defiende la ley, exige humanidad, gratitud y sentido espiritual.
Cuando se le pregunta a quién le da gracias por el camino recorrido, responde sin titubeos:
“A Dios. A Dios.”
Y añade, con una claridad que revela su pensamiento:
“Hay gente que dice que Dios no existe, el ateo es ateo hasta que el avión se va a caer. No pienso en Dios como un señor que está arriba mirándonos, sino como ese ser espiritual que todos llevamos dentro y ese que nos dio la vida, si no tenemos una espiritualidad, entonces no tenemos un norte, no tenemos un control como seres humanos.”
Su espiritualidad no es dogma, es norte, no es consigna, es conciencia, es la base invisible de su ética profesional y de su compromiso con el inmigrante.
Sobre el premio que le otorga la Organización de Periodistas Iberoamericanos (OPI), la doctora Arias se expresa con emoción contenida:
“Para mí es un honor, lo recibo con mucha alegría, con mucho orgullo profesional, como mujer inmigrante y con humildad, y obviamente mucha gratitud para ustedes por ese reconocimiento.”
El próximo 25 de julio, en el Graham Center de la Universidad Internacional de la Florida, la OPI le otorgará el Premio Personalidad Iberoamericana del Año, en el marco del 29º aniversario de la institución. Será un reconocimiento a su obra, a su ética, a su humanidad. Un homenaje a una mujer que ha demostrado que la ley, cuando se ejerce con alma, puede ser un acto de amor.
Su trayectoria académica, su formación espiritual, disciplina deportiva, vocación jurídica, maternidad consciente, presencia mediática, compromiso con el inmigrante y su profunda gratitud a Dios, a sus padres Ruby y Javier, y a su hermana Alba Lucía, conforman una vida que honra a Iberoamérica.
En ella, el inmigrante deja de ser una estadística y vuelve a ser lo que nunca debió dejar de ser, un ser humano con historia, con futuro y con derecho a la esperanza.
























